lunes, 25 de junio de 2012


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LA POLÍTICA

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Sergio Fajardo

El espectáculo de la reforma a la justicia es un ejemplo contundente de la expresión más baja a la que puede llegar la política. Nos sirve para entender algunos aspectos rutinarios que habitualmente ignoramos y que solo reaparecen en medio del escándalo.

Los políticos toman las decisiones más importantes de una sociedad, gústenos o no, gústennos o no. Parece obvio, pero a menudo lo olvidamos. La política en principio es el espacio para construir el bien común en el marco de la democracia, que significa confrontación de ideas e intereses, manejo permanente de contradicciones y solución de conflictos múltiples. La búsqueda del poder para realizar ese bien común en alguna de sus diversas formas es el objetivo central de la acción política. El producto más valioso que debería surgir de una práctica política sana es la confianza de la ciudadanía, que se manifiesta en una institucionalidad que, más allá del gobierno o los poderes de turno, garantiza que nadie es dueño de lo público y que el poder es visible. La corrupción en la política es la intención recurrente de apropiarse del poder, del estado, en función de intereses particulares en oposición a la construcción del bien común. El éxito de la práctica corrupta de la política consiste en mantener alejada a la ciudadanía de los espacios de decisión. En la oscuridad, que no los vean. La transparencia les duele.

El episodio de esta semana es expresión de lo peor de la política. No sorprende entonces que todas las encuestas muestren a los políticos, en particular a los congresistas, en los últimos lugares de la confianza ciudadana. La paradoja es dramática: ¡Las personas en quienes menos confía y a quienes menos respeta la ciudadanía son las que toman las decisiones más importantes de la sociedad! El costo en principio es altísimo y las consecuencias profundas. La indignación del momento pasará. Lo saben. Aumentará el desprecio por la política: en el mediano plazo más se va a alejar la ciudadanía de la política y así, fíjense, les quedará el camino expedito. Esa es la gran trampa.

¿La solución? Hay una sola, gústenos o no: la política. Una política diferente que rompa con el clientelismo y la politiquería, que son la puerta de entrada a la corrupción en el poder. Que entienda el sentido de la construcción de confianza con la ciudadanía. Así pues que solo hay una alternativa: atreverse a participar en política, asumiendo los costos y riesgos considerables que esto significa. El monstruo está suelto, tiene rabia y combina todos los medios de lucha.


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